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Nada se construye desde la humillación, podemos construir desde la dignidad.



Había una vez un pueblo en el que vivían personas conocidas por su capacidad para escuchar. En este lugar, la habilidad de prestar atención a los demás era valorada por encima de todo. Los habitantes del pueblo se sentían afortunados de tener esta habilidad, y todos los días se esforzaban por mejorarla.

Un día, un forastero llegó al pueblo. Era un hombre de pocas palabras, siempre ocupado con sus propios pensamientos y preocupaciones. No parecía prestar atención a lo que otros decían y, como resultado, a menudo malinterpretaba las situaciones y causaba confusiones.

La gente del pueblo, en lugar de juzgarlo, decidió enseñarle la importancia de escuchar. Invitaron al forastero a una reunión en la plaza central, donde cada habitante compartía una historia, un pensamiento o una preocupación. Sin embargo, había una regla: el forastero no podía decir una sola palabra durante toda la reunión.

El forastero aceptó la invitación y se sentó entre los habitantes del pueblo. Mientras las personas hablaban, él se esforzó por mantener la boca cerrada y escuchar atentamente. Al principio, le resultó difícil, ya que estaba acostumbrado a pensar en lo que diría a continuación en lugar de escuchar realmente.

A medida que la reunión continuaba, el forastero comenzó a notar algo sorprendente. Escuchando con atención, comenzó a comprender más profundamente a las personas que compartían sus pensamientos. Comprendió sus alegrías, sus preocupaciones y sus deseos. Se dio cuenta de que las palabras que otros expresaban tenían un valor inmenso y que escuchar era una forma poderosa de conectarse con los demás.

Cuando la reunión llegó a su fin, el forastero se levantó y habló por primera vez desde que llegó al pueblo. Expresó su gratitud y su sorpresa por la importancia de escuchar. Dijo que había aprendido una lección valiosa sobre cómo realmente conocer a las personas y construir relaciones significativas.

A partir de ese día, el forastero se convirtió en un oyente apasionado. Se dio cuenta de que, al escuchar a los demás, podía aprender, crecer y enriquecer su vida de formas que nunca había imaginado. Y así, el pueblo lo acogió como uno de los suyos, demostrando una vez más que la habilidad de escuchar era un tesoro invaluable que todos podían apreciar.

Escuchar es la principal habilidad del liderazgo

Hace un tiempo atrás un amigo me pidió ayuda porque en sus evaluaciones de desempeño le indicaban que debería mejorar su escucha, “no escucho” me dice. Entonces le pregunté si tenía algún problema auditivo y/o de interpretación, me respondió que no. Así que le dije que consideraba que debía empezar a elegir escuchar.

Es que de eso se trata, no tenemos problemas de escucha, es que no elegimos escuchar.

Cuando alguien nos habla, si no estamos distraídos con algo, tendemos a catalogarlos diciendo “está bien”, “es una estupidez”, “no es normal”, “no es razonable”, “no es correcto” o “no es bueno”, para seguidamente, intentar demostrarle que nuestro punto de vista es el que mejor refleja la realidad. Cuando las diferencias son políticas utilizamos un discurso tóxico y divisivo que exacerba el nivel de conflicto, llegando muchas veces a niveles de humillación lo que produce mayor distanciamiento.

“Puedes darle trabajo a la gente, puedes darles un salario decente y darles beneficios, pero si los humillas, lo que significa no valorarlos, si no se sienten escuchados, verás una reacción como ninguna otra.” Donna Hicks

Nada se construye desde la humillación, podemos construir desde la dignidad.

Dignificar al otro, implica comprender y respetar su postura como un ser humano libre de pensamiento. Esto significa comprensión, no aceptación. Solo desde una comprensión mutua podemos llegar a un propósito conjunto que ni uno, ni el otro, podemos ver desde nuestras posturas antagónicas.


si muestras respeto a las personas, si afirmas su dignidad, es asombroso lo que te dejan decirles o pedirles. A veces solo se necesita escucharlos, pero escuchar profundamente, no solo esperar a que dejen de hablar. Porque escuchar es el máximo signo de respeto. Lo que dices cuando escuchas habla más que cualquier palabra.

Editorial de Thomas Friedman en el New York Times


Si invirtiéramos tiempo en aprender a escuchar solo a nuestra familia y amigos veríamos las mejoras. Si luego, llevamos la misma práctica de escuchar con aquellos que parecen ser muy diferentes a nosotros, es probable que nos demos cuenta de que tenemos muchas más cosas en común de las que pensamos. Y al darnos cuenta, podemos construir juntos un futuro mejor

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