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Tengo que...




En el pueblo de Dualidad vivían dos personajes muy distintos: Tengo Que y Elijo. Aunque ambos residían en el mismo lugar, sus caminos rara vez se cruzaban. Sus vidas llevaban caminos muy distintos.

Tengo Que era un ser rígido y disciplinado, siempre ocupado, siempre con prisas. Su vida estaba llena de listas interminables de cosas que debía hacer. "Tengo que levantarme temprano, tengo que trabajar, tengo que cumplir con todo", repetía incansablemente. Sus días eran predecibles, llenos de listas y horarios estrictos.

Elijo, en cambio, vivía con libertad y espontaneidad. "Elijo disfrutar del amanecer, elijo trabajar en lo que me apasiona, elijo ser feliz", decía cada día. Sus decisiones eran guiadas por el corazón, y aunque su vida era menos estructurada, estaba llena de momentos de alegría y satisfacción.

Una mañana, Tengo Que encontró a Elijo sentado en el parque, disfrutando de un libro. Intrigado y un poco molesto, Tengo Que se acercó: "¿Cómo puedes sentarte aquí cuando hay tantas cosas por hacer?"

Elijo sonrió y respondió: "¿Cómo puedes estar tan ocupado sin disfrutar de la vida?"

Estas palabras resonaron en Tengo Que. Durante días, meditó sobre ellas y comenzó a cuestionar su rigidez. Decidió probar la filosofía de Elijo, incorporando pequeñas elecciones en su rutina: tomarse un momento para saborear el desayuno, caminar al aire libre, pasar tiempo con seres queridos.

Descubrió que su vida se volvía más equilibrada y satisfactoria. Aún cumplía con sus responsabilidades, pero ahora lo hacía con un sentido de propósito y libertad.

Elijo, por su parte, también aprendió de Tengo Que. Adoptó un poco de estructura, encontrando un equilibrio entre la espontaneidad y la disciplina.

Juntos, enseñaron al pueblo de Dualidad que la clave de una vida plena era la armonía entre el "tengo que" y el "elijo", combinando responsabilidad y libertad en cada decisión.

 

“Tengo que” y “elijo” parece lógico que si equilibramos ambas nuestra vida estaría en armonía.

Permítame desafiar este supuesto:


Siempre “elegimos”, los “tengo que” deberíamos borrarlo de nuestro lenguaje

 

Cuando sostengo esta afirmación en mis cursos, hay asistentes que me desafían. El desafío mas común es cuando me dicen “tengo que ir a trabajar”. Les digo, no vaya. Como no voy a ir me dicen, si no vaya les digo. Pero si no voy me van a echar, que te echen les digo. Si me echan de qué vivo, me dicen. Entonces cierro diciéndoles, elegís trabajar para vivir, no tienes que ir a trabajar.

Por lo general, otro asistente me dice. No es así Gustavo, “yo tengo que estudiar”. Hago lo mismo que en el anterior ejemplo, no estudies le digo. Tengo que estudiar porque de lo contrario no voy a recibirme. No te recibas, le digo. Es que si no me recibo no voy a poder acceder a buenos trabajos. Cierro diciéndole, entonces elegís estudiar para poder acceder a buenos trabajos.

Ud., ¿qué opina? Haga la prueba con algunos de los “tengo que” que dice a menudo.

El lenguaje crea realidades, tiene el poder de moldear nuestra percepción y comprensión del mundo. De hecho, las palabras se han utilizado para hacernos reír y llorar, son capaces de herir o curar, de darnos esperanza o devastación. Por eso debemos prestarle atención a las palabras que utilizamos.

Al decir “tengo que” la sensación es de pesadez, de obligación. Revela la creencia de que no tenemos elección y al creer esto nuestro cerebro se estresa. En forma inconsciente usamos las palabras sin tener en cuenta la influencia que pueden tener en nuestro accionar y en la denigración de nuestra experiencia de vida. 

Cuando decimos “elijo” la sensación es de protagonismo, de empoderamiento. Revela la creencia de que somos los dueños de nuestra vida y, además, ordena la química y el funcionamiento del cerebro de manera positiva y útil.

Por eso lo desafío a que revise su vocabulario y reflexione cuanto de lo que le pasa está sustentado por este.

Termino con una frase de Mark Twain

“La palabra correcta es un poderoso agente. Cada vez que nos encontramos con una de esas palabras tan correctas… el efecto resultante es tanto físico como espiritual y está cargado de electricidad”.

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