Cuando el respeto depende del cargo
- Gustavo Picolla

- 9 ago
- 2 min de lectura

En mis vacaciones leí una frase en un libro que, aunque es provocadora, me hizo pensar mucho.
"Creo que existe un lugar especial en el infierno reservado para los lameculos que tratan como dioses a sus jefes y a patadas a sus subalternos."
Más allá de la crudeza de la expresión, encierra una verdad incómoda, hay personas cuyo trato cambia según quién tengan delante.
Frente a su jefe son amables, atentos, serviciales. Escuchan, sonríen y cuidan cada palabra. Pero cuando hablan con un colaborador, un mozo, un recepcionista o alguien que ocupa una posición de menor poder, aparece otra versión de sí mismos: impacientes, despectivos, autoritarios o, simplemente, indiferentes.
Siempre me llamó la atención ese comportamiento, porque revela que el respeto no está dirigido a la persona. Está dirigido al poder.
Y cuando el respeto depende del cargo, deja de ser respeto para convertirse en conveniencia.
Con los años entendí que el liderazgo tiene una prueba mucho más exigente que cualquier evaluación de desempeño. No consiste en cómo tratas a quien puede darte un ascenso, consiste en cómo tratas a quien no puede darte absolutamente nada. Ahí aparece el verdadero carácter.
Todos podemos ser educados cuando necesitamos algo. Todos podemos mostrarnos cordiales frente a alguien que influye sobre nuestro futuro.
El desafío comienza cuando no existe ningún beneficio personal.
¿Cómo hablas con quien limpia la oficina?
¿Cómo respondes al cadete que cometió un error?
¿Cómo escuchas a la persona que recién ingresó a la organización?
¿Cómo reaccionas cuando alguien no tiene poder para defenderse?
Esas pequeñas escenas cotidianas dicen mucho más sobre nosotros que cualquier discurso acerca de los valores. He conocido personas con enormes cargos y muy poca grandeza, y también personas sin ninguna autoridad formal que hacían sentir importantes a todos los que las rodeaban. La diferencia nunca estuvo en la posición, estuvo en la forma de entender la dignidad humana.
Bob Chapman, presidente de Barry-Wehmiller, solía decir que la medida de un líder no es la cantidad de personas que trabajan para él, sino la cantidad de personas cuyas vidas mejoran gracias a él. Esa idea cambia completamente la conversación.
Porque deja de preguntarnos cuánto poder tenemos y empieza a preguntarnos qué hacemos con ese poder.
Un líder no demuestra su liderazgo impresionando hacia arriba, lo demuestra cuidando hacia abajo. Y quizás esa expresión tampoco sea del todo correcta. Porque en realidad no existe un "arriba" ni un "abajo", existen personas con responsabilidades diferentes. Pero todas tienen exactamente la misma dignidad.
Cuando una organización normaliza que algunos sean tratados con admiración y otros con desprecio, el problema ya no es de educación, es cultural. Y toda cultura termina reflejando aquello que tolera.
Por eso creo que el verdadero liderazgo empieza cuando dejamos de adaptar nuestro comportamiento según el cargo de quien tenemos enfrente. Cuando aprendemos a tratar con el mismo respeto al director, al cliente, al proveedor, al colaborador y a quien sirve el café.
Porque el respeto no debería ser una estrategia, debería ser una forma de vivir.
Al final del día, las personas olvidarán muchos de nuestros logros. Pero difícilmente olviden cómo las hicimos sentir.
Y esa, quizás, sea la huella más profunda que un líder puede dejar.




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