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Cambiar no siempre significa empezar de nuevo


Hace unos días llegué a Santo Stefano di Sessanio, un pequeño pueblo medieval en el corazón de los Apeninos italianos.

Confieso que no esperaba demasiado. Pensé que sería una linda parada en el camino. Un lugar pintoresco para sacar algunas fotos y seguir viaje. Pero a medida que caminaba por sus callejuelas de piedra, empecé a hacerme una pregunta.

¿Cómo puede ser que un pueblo de casi mil años siga emocionando a quienes lo visitan?

La respuesta no estaba en sus edificios, tampoco en sus vistas. Ni siquiera en su historia, la respuesta estaba en una decisión.

Santo Stefano decidió crecer sin renunciar a su esencia. Durante muchos años sufrió lo mismo que tantos pueblos del interior: emigración, abandono y falta de oportunidades. Hubiera sido fácil reemplazar las casas de piedra por construcciones modernas, abrir grandes comercios o convertir el lugar en un parque temático para turistas.

Sin embargo, eligieron otro camino, restauraron lo que ya existía. Cuidaron cada piedra, mantuvieron la identidad del pueblo, no confundieron progreso con reemplazo.

Mientras caminaba pensaba en cuántas veces hacemos exactamente lo contrario dentro de las organizaciones.

Llega un nuevo gerente y cambia todo. Llega un nuevo director y modifica la estructura. Llega una nueva estrategia y pareciera que todo lo anterior deja automáticamente de tener valor. Como si transformarse implicara empezar de cero.

Creo que ahí cometemos uno de los errores más frecuentes del liderazgo. Las organizaciones, al igual que las personas, tienen una identidad, tienen una historia, tienen valores que las hicieron llegar hasta donde están. También tienen hábitos que necesitan cambiar, conversaciones pendientes y formas de trabajar que ya no alcanzan. Pero cambiar no significa destruir, significa distinguir.

Distinguir qué debemos conservar y qué debemos transformar. Porque no todo lo viejo es un problema y no todo lo nuevo representa una mejora. Los mejores líderes que conocí no son los que llegan imponiendo su sello personal. Son los que primero observan, escuchan, comprenden. Descubren qué hace única a esa organización y, recién entonces, ayudan a construir el siguiente capítulo de su historia.

Pienso mucho en esto porque hoy vivimos obsesionados con la innovación. Innovar parece ser una obligación permanente. Pero innovar no consiste necesariamente en hacer algo completamente distinto. Muchas veces consiste en encontrar una forma nueva de potenciar aquello que ya tiene valor.

Eso hizo Santo Stefano. No inventó una identidad, la descubrió, la protegió y construyó su futuro sobre ella.

Mientras caminaba por esas calles entendí que el verdadero desafío del liderazgo no es crear culturas nuevas cada vez que cambia un director o un gerente. El desafío es ayudar a que una organización recuerde quién es, conserve aquello que la hace valiosa y tenga el coraje de cambiar únicamente aquello que ya no le permite crecer.

Porque las organizaciones más admirables no son las que cambian todo, son las que saben qué no deberían cambiar nunca. Quizás ahí esté una de las tareas más importantes de cualquier líder. No construir una organización distinta, sino ayudar a que la mejor versión de esa organización pueda aparecer sin perder su esencia.

 
 
 

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