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Donde no hay proceso, no hay transformación

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Todo en la naturaleza tiene un tiempo: el embarazo, el crecimiento de una planta, el duelo. Interrumpir esos tiempos trae consecuencias.

Sin embargo, el liderazgo, muchas veces, escapa a esa lógica. Se espera que un equipo cambie su cultura en dos reuniones, que un colaborador evolucione tras una devolución, que una empresa familiar resuelva en tres meses lo que lleva años enquistado. Pero hay algo, como en la naturaleza, que no se puede romper sin consecuencias: los procesos.

Los procesos son los hilos invisibles que sostienen las verdaderas transformaciones. Y sin respeto por ellos, el liderazgo se vuelve superficial, impulsivo o simplemente funcional.

En estos años acompañando personas y organizaciones, lo veo con claridad: cuando un líder no respeta los tiempos del otro, no está liderando, está apurando. Cuando una empresa quiere saltearse el dolor, el conflicto o la pausa, termina pagando el precio más adelante.

El problema es que nos han enseñado a valorar el resultado más que el recorrido. Queremos el cambio, pero sin la incomodidad del tránsito. Nos gusta la idea de transformación, siempre y cuando no duela, no tarde y no desarme demasiado. Pero eso no es transformación: es maquillaje.

No se puede forzar una cultura. No se puede exigir compromiso sin haber sembrado confianza. No se puede esperar madurez emocional en un equipo que nunca fue escuchado de verdad.Todo eso lleva tiempo. Lleva proceso.

Y claro, respetar los procesos requiere de una virtud que parece en extinción: la paciencia. No se trata de pasividad ni de tolerar lo intolerable. Se trata de comprender que detrás de cada resultado sostenible hay un tejido invisible de conversaciones, errores, aprendizajes, resistencias y nuevas elecciones.

Es como acompañar un duelo. Porque todo proceso de cambio —ya sea personal, relacional o cultural— implica dejar algo atrás, implica una pérdida. A veces una identidad, otras veces una creencia, una forma de trabajar o una dinámica conocida, aunque disfuncional. Y nadie atraviesa un duelo auténtico en dos días. Acompañar procesos es estar presente en la incomodidad, sin querer anestesiarla.

Pero claro, en las organizaciones hay ansiedad, hay urgencias, hay plazos que cumplir, resultados que mostrar. Y ahí aparece la tentación de tapar lo que molesta, de mirar para otro lado, de acelerar lo que necesita madurar. Es comprensible, pero es peligroso. Porque lo que no se procesa, se repite. Una y otra vez, aunque cambies los nombres, los equipos, los slogans o los consultores.

Una de las frases que más escucho es: “ya está, dejémoslo ahí”. Como si fuera tan fácil. Como si bastara con declarar un cierre para que lo no resuelto deje de doler. Pero el cuerpo, la cultura y las emociones tienen memoria. Lo que no se conversa se actúa, lo que no se sana se hereda.

En cambio, cuando un líder respeta los procesos —propios y ajenos— está sembrando algo mucho más valioso que resultados inmediatos: está construyendo confianza. Está diciendo con hechos: “no necesito que llegues rápido, necesito que llegues auténtico”. Está honrando el camino.

Respetar los procesos no es resignarse. Es tener la humildad de reconocer que hay tiempos que no manejamos. Que no todo depende de nuestra voluntad o planificación. Que crecer —como personas o como empresas— no es una carrera de velocidad, sino un camino de profundidad. Lo urgente se resuelve, lo importante se cultiva.

Por eso, si estás liderando un cambio, una transición o un equipo en transformación, recorda esto: los procesos no se aceleran a los gritos ni se empujan con ansiedad. Se sostienen con presencia, con escucha, con respeto. Y sobre todo, con amor por lo que puede llegar a ser, si nos damos el permiso de atravesar lo que hoy está siendo.

 

 
 
 

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