Cuando dirigir no es lo mismo que gestionar
- Gustavo Picolla

- 29 sept 2025
- 4 Min. de lectura

Hablar de dirección y gestión puede parecer un juego de palabras, como si fueran lo mismo, pero no lo son. La diferencia, aunque sutil, marca el rumbo de las organizaciones y también la vida de quienes las conducen. La gestión tiene que ver con lo operativo, con hacer que las cosas funcionen de acuerdo con lo que está previsto, con planear, organizar, medir, corregir y volver a empezar. La dirección en cambio tiene que ver con el sentido, con el para qué, con decidir hacia dónde vamos y qué vale la pena alcanzar. En otras palabras, la gestión mueve las ruedas del carro y la dirección elige el camino.
Lo interesante es que a lo largo del camino emprendedor estas dos funciones no aparecen con la misma fuerza. Cuando alguien comienza con una idea y decide emprender, todo está mezclado. El emprendedor es gestor y director a la vez, aunque en realidad pasa más tiempo gestionando que dirigiendo. Se ocupa de vender, de atender clientes, de hacer cuentas, de comprar insumos y hasta de barrer el local si hace falta. En esa primera etapa la dirección se reduce a un sueño, una visión más o menos clara de lo que quiere construir, y la gestión se convierte en la tarea diaria de sostenerlo. Sin embargo, incluso en esa etapa inicial, la dirección es fundamental porque sin ella el día a día se devora al emprendedor. Quien no mantiene la mirada en un propósito más grande, termina esclavo de sus tareas.
Cuando el emprendimiento empieza a crecer y se convierte en una pequeña empresa, la exigencia de gestión aumenta. Ya no alcanza con que el fundador haga todo, necesita sumar personas y empieza a delegar. Y delegar trae consigo nuevos desafíos, porque de pronto las cosas no se hacen como uno lo haría, aparecen errores, se pierde control y surge la tentación de volver a hacerlo todo uno mismo. Allí la gestión empieza a demandar procesos, cierta organización y hasta herramientas de control. Pero también la dirección se hace más concreta: elegir clientes, mercados, productos, decidir qué no hacer, qué vale la pena y qué no. La dirección se convierte en la brújula que ordena las tareas. Sin esa brújula, la gestión se vuelve un laberinto de pendientes sin sentido.
Con el tiempo, la empresa deja de ser pequeña y pasa a ser mediana. Aparecen más personas, más áreas, más niveles de responsabilidad. El fundador ya no puede controlar cada detalle y debe confiar en equipos que gestionen lo que antes hacía él. Y es en ese momento cuando la dirección se vuelve su tarea principal. Definir estrategias, cuidar la cultura, inspirar a la gente, sostener una visión que dé coherencia a todo lo que sucede. La gestión, aunque necesaria, pasa a manos de otros. El fundador que no logra dar ese paso y se aferra a las tareas del día a día, termina atrapado, agotado y muchas veces convirtiéndose en el obstáculo del propio crecimiento.
Cuando la empresa alcanza una dimensión mayor, con más de cien empleados, la diferencia entre gestión y dirección se hace todavía más clara. La gestión necesita profesionales especializados en finanzas, operaciones, recursos humanos, marketing, sistemas. Cada área requiere métricas, procesos y controles cada vez más sofisticados. La dirección en cambio no se puede delegar. El empresario tiene que convertirse en líder, en alguien que inspira, que define el propósito, que conecta las piezas y sobre todo que mantiene viva la coherencia. Ya no alcanza con que las cosas funcionen: hay que garantizar que funcionen alineadas a un sentido mayor. La dirección se transforma en la tarea de dar unidad a un organismo complejo.
Lo curioso es que a veces confundimos el éxito con la gestión eficiente. Creemos que porque las cuentas cierran, los procesos están ordenados y las ventas crecen, todo está bien. Pero la gestión puede ser impecable y aún así la empresa perderse. Una empresa puede ser perfectamente gestionada para un destino equivocado. La dirección es la que asegura que el destino valga la pena, que no estemos caminando rápido hacia un lugar que no queremos llegar.
También es cierto que la dirección no es algo estático. Cambia con cada etapa, con cada desafío. Al inicio puede ser apenas un sueño, más adelante se convierte en un plan con objetivos concretos, después en una visión compartida que sostiene a toda una organización. Y finalmente, cuando la empresa es grande, la dirección tiene que ver con trascender, con dejar un legado, con que lo que se construyó siga vivo más allá de su fundador.
Por eso vale la pena preguntarse en qué etapa estoy y qué necesito fortalecer. Si soy emprendedor, tal vez deba dedicar más tiempo a pensar la dirección aunque el día a día me consuma. Si tengo una empresa pequeña, debo aprender a gestionar mejor sin perder de vista el rumbo. Si mi empresa ya es mediana, el desafío es soltar la gestión para asumir de lleno la dirección. Y si llegué a tener una organización grande, debo recordar que la gestión la pueden hacer otros, pero la dirección depende de mí.
En definitiva, gestionar es necesario, pero dirigir es imprescindible. Una empresa sin gestión se desordena, una empresa sin dirección se extravía. Y el arte de liderar consiste en saber en qué momento de la historia estamos, para darle a cada una el lugar que le corresponde.




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