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Cuando ganar no alcanza

Durante mucho tiempo nos enseñaron que ganar es sinónimo de éxito. Que el que llega primero es el mejor. Que las medallas, las cifras y los resultados finales son el termómetro de una vida bien vivida. Crecimos viendo el triunfo como la cima y el fracaso como un hueco del que hay que escapar. Pero cuanto más acompaño a personas, equipos y organizaciones, más entiendo que esa ecuación es incompleta. Porque ganar puede ser muy disfrutable, puede dar orgullo y hasta reconocimiento, pero no siempre deja éxito. Y definitivamente no siempre deja bienestar.

Lo que verdaderamente nos convierte en seres humanos más plenos no es ganar, sino en quién nos transformamos mientras avanzamos. Esa es la diferencia que tan pocos ven, pero que marca destinos enteros.

Podemos ganar a cualquier costo, pero ese costo suele ser demasiado alto. Lo vemos en deportes, en empresas, en familias. Personas que alcanzan la cima para descubrir que están rotas por dentro. Grupos que consiguen resultados brillantes a costa de perder su alma en el camino. Equipos que celebran logros mientras sus integrantes se sienten solos, presionados o dañados.

Ganar puede ser una meta. El éxito, en cambio, es un camino, un proceso, una transformación. Una manera de vivir. La diferencia está en el cómo.

No se trata de renunciar a la excelencia ni de romantizar la mediocridad. Al contrario: se trata de elevar el estándar. De entender que el verdadero éxito es dar lo mejor, pero sin destruirnos. Es crecer sin perder la alegría. Es esforzarse sin perder la salud. Es avanzar sin dejar atrás lo esencial.

La historia de Valorie Kondos Field, entrenadora de larga trayectoria del equipo femenino de gimnasia de UCLA, que ganó campeonato tras campeonato y ha sido ampliamente reconocida por su liderazgo, lo ilustra de forma contundente. Ella ganaba, pero no tenía éxito. Ganaba, pero dañaba. Ganaba, pero perdía lo más importante: el espíritu humano de las personas bajo su cuidado. Hasta que un día su propio equipo le mostró el espejo. Y cuando tuvo la humildad de mirar, descubrió algo que a todos nos llega tarde o temprano: ganar puede ser excitante, pero no transforma vidas. Acompañar, escuchar, cuidar, sí lo hace.

Ahí aparece un punto que me parece central: no se puede imponer el camino hacia el éxito. Sí se puede imponer para ganar, porque se puede presionar, empujar, controlar y exigir hasta el límite. Pero no se puede imponer el éxito porque el éxito es interno. Nace del compromiso genuino. De la motivación profunda. De la autoconfianza. Y eso no se fuerza; se cultiva.

Cuando ella dejó de entrenar para ganar y empezó a entrenar para desarrollar personas, algo cambió. El éxito apareció como consecuencia. La alegría volvió, el amor propio renació. Y las victorias llegaron también, pero ya no como objetivo desesperado, sino como resultado natural de un proceso sano.

La historia de varias gimnastas que entrenaban lo confirma: ellas no habían perdido su talento, habían perdido su alegría. Y nadie puede ser grande si perdió su alegría. Lo que se las devolvió no fue la presión, sino el cuidado. No fue la exigencia, sino el vínculo. No fue el mandato, sino el amor. Solo cuando volvieron a sentirse valoradas como personas pudieron volver a florecer como atletas.

Esa es la clave: el éxito real no se mide en resultados, se mide en personas. Se mide en cómo se sienten, en quiénes se convierten, en la confianza que recuperan, en la dignidad que conservan, en la fuerza interior que construyen. Lo otro —las victorias, los logros, los reconocimientos— puede venir o no. Pero eso no determina el éxito.

Es inevitable el vínculo con el liderazgo. Porque el liderazgo, como siempre sostengo, es amor. Y amar no es ser blando ni permisivo; es tomar en serio el impacto que tenemos sobre la vida de los demás. Amor es cuidar, es escuchar, es poner el foco en la persona antes que en el resultado. Amor es sostener, acompañar y desafiar desde el respeto. Amor es crear espacios donde cada uno pueda ser una versión más plena de sí mismo.

No hace falta dirigir un equipo deportivo para entenderlo. Somos líderes en cualquier lugar donde haya alguien influido por nuestras palabras, por nuestra energía o por nuestras decisiones. Somos líderes en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestras conversaciones, en la forma en que miramos a los demás.

Y como líderes, como padres, como docentes, como jefes, como compañeros, el desafío es siempre el mismo: dejar de preguntar si están ganando… y empezar a preguntar si están creciendo. Si se están formando como personas, si están desarrollando carácter, si se sienten escuchados, si conservan la alegría, si están floreciendo. Porque al final, ganar es un momento. Pero desarrollar a alguien es para siempre.

Tal vez deberíamos redefinir el éxito como lo hace Valorie: ayudar a que cada persona bajo nuestro cuidado se convierta en un campeón para la vida. No para la competencia, no para la empresa, no para las medallas. Para la vida.

Cuando hacemos eso, ganamos todos.

 

 
 
 
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