No lideramos números, lideramos vidas
- Gustavo Picolla
- 11 ene
- 3 Min. de lectura

Hay decisiones que se toman desde una planilla, y otras que se toman desde la conciencia. Y la diferencia entre una y otra no se nota en la rentabilidad del mes, sino en la vida de las personas. En cómo se van, en cómo se quedan y, sobre todo, en cómo se sienten.
Hace tiempo que veo algo que me inquieta: la liviandad con la que algunas organizaciones tratan a su gente. La facilidad con la que se despide a personas como si se estuviera ajustando un número en un Excel. Como si detrás de cada empleado no hubiera un hijo, un padre, una familia, una historia. Como si “recursos humanos” fuera literalmente eso: recursos.
Pero las personas no son recursos. Son personas. Y cuando olvidamos esa obviedad, todo se deteriora: la confianza, la cultura, la calidad del trabajo, la esperanza.
Bob Chapman habla de esto con una claridad que sacude. Y tiene razón: despedir personas como parte de un “modelo de negocio” no es liderazgo; es evidencia de que ese modelo falló. Porque si un negocio se sostiene sacrificando la dignidad de su gente, entonces no es sostenible, y tampoco es negocio.
Cuando escucho historias de despidos, muchas veces escucho la misma sensación: un corte abrupto, un sentimiento de rechazo, la idea de que de un día para otro dejan de ser necesarios. Nadie habla de eso en los discursos corporativos, pero es lo que marca a las personas. Lo que queda grabado no es el monto del cheque final, sino la sensación de no haber importado.
Y ahí está el corazón del problema. Cuando una persona siente que no importa, todo se apaga. Se apaga la creatividad, la motivación, el compromiso. Se apaga la esperanza.
En las organizaciones donde trabajo, lo veo una y otra vez: el nivel de energía no depende de los beneficios, ni del tamaño de la empresa, ni de la marca. Depende de algo mucho más simple y más profundo: cómo se siente la gente en ese lugar. Si importa o no importa. Si es vista o ignorada. Si es valorada o reducida a un rol.
Lo paradójico es que muchos líderes creen que su responsabilidad es tomar decisiones duras. Pero la responsabilidad real es cuidar. Cuidar a su gente como si fuera el hijo de alguien, porque lo es. Cuidar su bienestar emocional, su seguridad psicológica, su posibilidad de crecer. Cuidar su esperanza.
Simon Sinek habla de esto con insistencia: ser líder no es un privilegio; es una responsabilidad. Es un acto de servicio. Y coincido. Un líder es alguien que sostiene, que escucha, que acompaña, que protege. No alguien que descarta personas cuando las cuentas no cierran.
Cuando un líder cambia la forma de mirar, cambia todo. Cuando empieza a ver a cada persona como a alguien valioso, único, irrepetible, un hijo preciado de alguien, algo se ordena en su interior. Y las decisiones también cambian. Ya no se piensa en reducir, sino en crear. Ya no se habla de “mano de obra”, sino de vidas reales. Ya no se busca optimizar, sino hacer florecer.
Y eso tiene un impacto directo en los resultados. La gente que se siente importante se compromete. La que se siente cuidada da lo mejor. La que siente que importa, importa más. Y esto no es poesía, es biología emocional: la autoestima y la autoeficacia —el sentir que valgo y que soy capaz— son las dos fuerzas más potentes para el rendimiento humano.
Cuando una persona entra a una empresa, entra con su historia entera: sus sueños, sus miedos, sus fortalezas, sus dolores, sus ganas. Y si un líder logra ver eso, si logra ver a la persona detrás del puesto, entonces aparece algo que ninguna estrategia reemplaza: sentido.
Las empresas que lo entienden crean culturas sólidas, humanas, estables. Culturas donde la gente crece, colabora y confía. Donde no hace falta “motivar” porque el clima mismo inspira. Donde no hace falta empujar porque el propósito tira.
Por eso, cuando escucho hablar de despidos masivos como si fueran una variable más, siento que algo muy profundo se ha perdido. No estamos hablando de puestos. Estamos hablando de vidas. Estamos hablando de dignidad.
Quizás el liderazgo del futuro —y ojalá también el del presente— sea este: líderes que cuidan. Líderes que se toman en serio la responsabilidad de acompañar a otros en su desarrollo. Líderes que entienden que no lideran números, sino historias. Líderes que hacen que su gente vuelva a casa cada día sintiendo que importa.
Si lográramos eso, incluso solo eso, muchas cosas serían distintas. Las empresas serían mejores. Las personas serían más felices. Y el trabajo dejaría de ser un lugar donde sobrevivir para convertirse en un lugar donde crecer.
Y sí, parece idealista. Pero los grandes cambios siempre empiezan así: con alguien que se anima a ver a la gente… como gente.
