Nadie debería morir por un sueldo
- Gustavo Picolla
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura

Hace un tiempo leí el título de un libro que me dejó incómodo desde el primer momento: Morir por un sueldo, de Jeffrey Pfeffer, profesor de Stanford. No hablaba de alguien desesperado por ganar dinero. Hablaba, literalmente, de personas que mueren como consecuencia del estrés laboral. Pfeffer estima que, solo en Estados Unidos, unas 120.000 personas mueren cada año por causas asociadas al trabajo: estrés crónico, agotamiento extremo, enfermedades derivadas de culturas organizacionales tóxicas.
Cuando uno lee eso, la primera reacción suele ser incredulidad. La segunda, distancia: “eso pasa en otros países, en otras empresas, en otros contextos”. Pero cuando empezamos a mirar más de cerca, cuando escuchamos a la gente con la que trabajamos, cuando vemos cuerpos cansados, miradas apagadas, agendas imposibles y vidas reducidas a sobrevivir la semana, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué estamos haciendo con las personas?
El trabajo debería dignificar. Debería ser un espacio de crecimiento, de aprendizaje, de aporte. Pero en demasiados casos se transforma en una fuente constante de presión, miedo y desgaste. No por el trabajo en sí, sino por la forma en que se lidera, se exige y se mide.
El estrés no aparece de un día para el otro. Se construye lentamente. Aparece cuando la persona siente que nunca alcanza, que no puede fallar, que no es escuchada, que no importa. Aparece cuando el reconocimiento no existe, cuando la exigencia es permanente y el cuidado es nulo. Aparece cuando el resultado vale más que la persona.
Y acá es donde el liderazgo deja de ser una palabra linda y se convierte en una responsabilidad enorme. Porque liderar no es solo definir objetivos, repartir tareas o exigir resultados. Liderar es hacerse cargo del impacto que generamos en la vida de otros. Es entender que cada decisión, cada gesto, cada palabra, influye en la salud emocional —y muchas veces física— de las personas que tenemos a cargo.
No estamos hablando de romantizar el trabajo ni de bajar la exigencia. Estamos hablando de humanidad. De entender que lideramos personas, no funciones. Vidas, no recursos. Que detrás de cada puesto hay alguien que vuelve a su casa, que tiene una familia, un cuerpo que se cansa y una mente que también necesita descansar.
Hay líderes que creen que cuidar es ser blando. Que el amor no tiene lugar en el trabajo. Que mostrar empatía debilita la autoridad. Yo creo exactamente lo contrario. El amor —entendido como respeto profundo, como interés genuino por el otro, como cuidado consciente— es una de las formas más altas de liderazgo.
Un líder que ama no es ingenuo. Es responsable. Se pregunta cómo están las personas, no solo qué están haciendo. Se anima a frenar cuando ve señales de agotamiento. Escucha, conversa, acompaña. Entiende que una persona rota no rinde más, rinde menos. Pero más importante aún: entiende que ninguna métrica justifica dañar a alguien.
Cuando una organización naturaliza el estrés extremo, las jornadas interminables, la desconexión emocional, algo está profundamente desalineado. Y no es un problema individual; es cultural. No se soluciona con yoga los viernes ni con charlas de bienestar aisladas. Se soluciona revisando cómo se lidera, qué se premia, qué se tolera y qué se ignora.
Pfeffer es claro: muchas prácticas empresariales están enfermando a la gente. Y aunque incomode decirlo, mirar para otro lado también es una decisión. Cada vez que priorizamos el resultado sin mirar el costo humano, estamos eligiendo un tipo de éxito que no vale la pena.
El liderazgo del futuro —y ojalá también del presente— necesita recuperar algo esencial: el cuidado. Cuidar no es controlar. Cuidar es crear contextos donde las personas puedan dar lo mejor de sí sin perderse a sí mismas. Donde el trabajo no sea una amenaza para la vida, sino parte de una vida plena.
Tal vez sea momento de hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿el modo en que lideramos hoy ayuda a que las personas vivan mejor… o simplemente a que trabajen más?
Porque ningún sueldo, ningún bonus y ningún resultado justifican que alguien enferme, se quiebre o pierda la vida por trabajar. Y si el liderazgo no sirve para cuidar la vida, entonces es hora de revisarlo todo.
