El secreto de la vitalidad
- Gustavo Picolla
- 10 ago
- 3 Min. de lectura

Hace un tiempo atrás me encontraba en una clase de tenis, mientras que en la cancha al lado había un señor, que se notaba bastante mayor que yo, peloteando con un profesor. Para quienes nunca jugaron al tenis, déjenme decirles que pelotear durante una hora con un profe no es poca cosa. Es bastante más exigente que tomar una clase, porque el profesor te exige precisión y ritmo constante. Y este señor estuvo ahí, dándole a la pelota durante toda la hora, sin parar.
Al final de la clase, coincidimos saliendo de la cancha. Me dio curiosidad y me animé a acercarme. Le pedí permiso para hacerle una pregunta, a lo que me respondió que sí. Entonces le pregunté: “¿Qué edad tiene?”
Para mi sorpresa, me dijo que tenía 84 años. ¡Ochenta y cuatro años! increíble. No sólo por estar ahí peloteando, sino por la energía, la agilidad y hasta la cara de disfrute que tenía. Así que, intrigado, le pedí permiso para hacerle una segunda pregunta. Y aceptó de nuevo.
Le pregunté: “¿Cuál es el secreto para tener esa vitalidad?”
Su respuesta fue breve, pero me quedó grabada. Me miró y me dijo: “El equilibrio. En la vida, todo lo que uno hace debe ser en forma equilibrada.”
Desde ese día, cada tanto vuelvo a pensar en esa frase. Porque la escuchamos muchas veces, pero pocas veces nos detenemos a reflexionar qué significa, en serio, vivir con equilibrio.
Para mí, equilibrio es saber cuándo parar, cuándo avanzar, y cuándo decir que no.
Equilibrio es cuidar el cuerpo, pero también darse algún gusto sin culpa. Es trabajar con pasión, pero no al punto de que el trabajo se coma la vida entera. Es tener metas altas, pero no olvidarse de disfrutar el camino. Es poder dar mucho a otros, pero sin vaciarse uno mismo.
Lo curioso es que, cuando perdemos el equilibrio, ni nos damos cuenta. Vamos acumulando estrés, cansancio, mal humor, y de pronto nos explota en la cara. Nos enfermamos, nos sentimos vacíos, o simplemente no encontramos disfrute en nada.
Vivimos en una época que nos empuja todo el tiempo a los extremos. O estás a mil, produciendo sin parar, o sos un vago que no tiene ambición. O comes lechuga y semillitas todo el día, o te tiras de cabeza al exceso. O estás siempre disponible para todos, o sos un egoísta. Y, en el medio de esos extremos, está el equilibrio.
Ese hombre de 84 años no sólo tenía un físico admirable. Tenía algo todavía más valioso: serenidad. Y creo que esa serenidad es hija del equilibrio. Porque una persona equilibrada sabe dónde invertir su energía y dónde no. Sabe qué cosas valen la pena, y cuáles no. Y sobre todo, vive sin sobrecargarse.
Pienso en cuántas veces nos encontramos atrapados en la idea de “todo o nada.” Queremos ser el mejor profesional, el mejor padre o madre, tener la casa impecable, la cuenta bancaria en orden, el cuerpo perfecto, la vida social activa, estar siempre presentes para los amigos, y además mantener la calma y la sonrisa.
Y la realidad es que, cuando queremos abarcarlo todo, el primero que se queda sin nada somos nosotros mismos. Porque el día tiene 24 horas y la energía no es infinita. Y vivir en equilibrio es reconocer eso: que no podemos estar en todos lados, ni decir sí a todo, ni resolverles la vida a todos.
Me gusta pensar que el equilibrio no es algo rígido, sino algo que se ajusta según el momento que estés viviendo. Habrá etapas en las que el trabajo demande más tiempo y otras en las que necesites frenar y priorizar tu salud o tu familia. Habrá momentos en que tengas que empujar fuerte para lograr algo importante, y otros en los que lo más inteligente sea soltar un poco y recuperar fuerzas.
También creo que equilibrio es saber disfrutar. Porque a veces vivimos tan enfocados en cumplir objetivos que nos olvidamos de reírnos, de compartir un mate tranquilo, de tener una conversación sin apuro, de hacer algo solo porque nos gusta. Y eso también alimenta la vitalidad.
Como decían los estoicos, el equilibrio no es tibieza ni resignación. Es fuerza interior, templanza y dominio de uno mismo para la eudaimonía, la vida plena.
No sé cuál sea tu situación hoy. Pero si sentís que algo está demasiado tirante, o que alguna parte de tu vida está quedando descuidada, tal vez sea momento de frenar un segundo y preguntarte:
“¿Estoy viviendo con equilibrio?”
Porque, al final, lo que nos mantiene vitales no es sólo la alimentación, el ejercicio o dormir bien. Es poder vivir una vida en la que ninguna parte nos consuma entera, en la que haya espacio para disfrutar, para crecer y para estar en paz.
Y quizás, como me enseñó ese señor en la cancha de tenis, ese sea el secreto para llegar a los 84 años peloteando como si tuvieras veinte.
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