La ambición no es el problema

Mi abuela tenía una frase que repetía cada vez que alguien la llamaba ambiciosa. La decía con una serenidad que desarmaba cualquier intento de discusión.
"No confundas mis ganas de crecer con tus ganas de que yo no crezca."
Durante muchos años pensé que era una respuesta ingeniosa. Con el tiempo entendí que encerraba una verdad mucho más profunda.
¿Por qué la palabra ambición nos incomoda tanto?
Si alguien nos describe como una persona responsable, perseverante o generosa, solemos recibirlo como un elogio. En cambio, basta que aparezca la palabra ambicioso para que sintamos la necesidad de aclarar nuestras intenciones. Como si hubiera algo de lo que defenderse.
Creo que esa incomodidad tiene una explicación. Durante demasiado tiempo confundimos la ambición con la codicia, y esa confusión terminó perjudicando a una palabra que, en realidad, merece ser reivindicada.
Pienso en un productor. Antes de sembrar prepara la tierra, elige las semillas, trabaja durante meses y espera una buena cosecha. Cuanto más abundante sea, mejor. Ese deseo de lograr el mejor resultado posible forma parte de su trabajo y también de su manera de vivir. Eso es ambición.
Pero jamás se le ocurriría cruzar el alambrado para destruir el cultivo del vecino con la esperanza de que el suyo parezca mejor. Eso ya no sería ambición, sería codicia.
La ambición trabaja sobre el propio terreno, la codicia necesita apropiarse del terreno de los demás.
Tal vez por eso la codicia hizo tan mala prensa que terminó ensuciando el nombre de la ambición. Empezamos a llamar ambiciosas a personas que, en realidad, estaban dominadas por el deseo de acumular, de sobresalir o de demostrar que valían más que otros.
Sin embargo, la verdadera ambición apunta hacia otro lugar. Tiene que ver con el desarrollo, con la decisión de aprender, mejorar y crecer.
Jim Rohn escribió una frase que siempre me hizo pensar: "No desearía que fuera más fácil; desearía ser mejor." Cada vez que vuelvo a leerla encuentro el mismo mensaje. Hay personas que pasan la vida esperando circunstancias más favorables. Otras invierten su energía en convertirse en alguien más capaz para afrontar las circunstancias que les toquen. Esa diferencia cambia el destino de una vida.
Por eso me cuesta creerles a quienes dicen que no son ambiciosos. Si desean ser mejores padres, mejores profesionales, mejores empresarios o mejores personas, entonces ya conocen la ambición, aunque nunca la hayan llamado de ese modo.
La ambición es el motor del desarrollo humano.
Gracias a ella aprendemos, corregimos errores, adquirimos nuevas habilidades y nos animamos a intentar aquello que todavía no sabemos hacer. Una persona que deja de ser ambiciosa deja, poco a poco, de desarrollarse, y una persona que deja de desarrollarse empieza, casi sin darse cuenta, a resignarse.
Con los años volví muchas veces a aquella frase de mi abuela. Hoy ya no la escucho como una respuesta ingeniosa, la escucho como una invitación.
Quizás haya llegado el momento de devolverle a la ambición el significado que nunca debió perder.
El deseo profundo y honesto de crecer para tener cada día algo más valioso para ofrecer a los demás.
Porque el verdadero patrimonio de una persona no es lo que acumula, es la persona en la que se convierte





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