Ser confiable: una virtud silenciosa que lo cambia todo
- Gustavo Picolla
- hace 22 minutos
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Ha

y algo profundamente tranquilizador en las personas confiables. Uno no lo nota de inmediato, pero con el tiempo lo empieza a valorar más que cualquier otra cualidad: su presencia da seguridad, su palabra da calma, y su manera de actuar transmite certeza. No necesitan prometer mucho, porque cumplen. No necesitan brillar, porque sostienen. Y eso, aunque no siempre sea lo más visible, es lo que mantiene unida la confianza entre las personas, los equipos y las organizaciones.
Esta semana lo pude corroborar durante la primera conversación que mantuve con el presidente de una empresa cliente. Desde el inicio percibí lo comentado, calma, seguridad, certeza y con el correr de la conversación esa sensación de confiablidad se incrementaba. Me dijo: “mi forma de hacer negocios se basa en la confianza mutua, donde se hacen acuerdos simples y se cumple la palabra.” Ahí entendí todo.
Salí de la reunión y recordé la biografía de Warren Buffett que había visto hace un mes. Warren, uno de los inversores más admirados del mundo, es un ejemplo claro de esto. Más allá de su habilidad para invertir, lo que muchos destacan de él es algo mucho más simple y profundo: su palabra vale. A lo largo de su carrera, grandes empresarios decidieron venderle sus compañías no solo por dinero, sino porque confiaban en que él no iba a destruir su legado.
No necesitaban cláusulas infinitas ni garantías complejas. Bastaba con lo que decía. Sabían que no iba a especular, ni dar un volantazo de un día para el otro. Buffett cultivó esa reputación a lo largo del tiempo, cumpliendo con lo que decía que iba a hacer. Sin ruidos. Sin escándalos. Sin andar vendiéndose como confiable. Solo siéndolo.
Él mismo dice que toma decisiones como si fueran a aparecer publicadas en la tapa del diario del pueblo donde vive, leídas por su familia y vecinos. Respecto de su empresa dice: “… fue clasificada por Fortune como la cuarta empresa más admirada del mundo. Nos llevó 37 años llegar allí, pero podríamos perderla en 37 minutos, y ese es el mensaje. Es decir, podemos perder dinero, es mejor ganar dinero. Encontraremos la manera de ganar dinero, pero no podemos perder ni una pizca de reputación, porque no se puede volver atrás.”
Cuando hablamos de liderazgo, a menudo pensamos en visión, carisma, inteligencia, decisión. Todas cualidades importantes. Pero hay una base que si no está, hace tambalear cualquier otra competencia: la confiabilidad. Ser alguien en quien otros puedan confiar, alguien cuya palabra tiene peso y cuya conducta es coherente, es uno de los activos más poderosos de cualquier líder.
No se trata de perfección. Todos cometemos errores. Pero una cosa es equivocarse y otra muy distinta es ser imprevisible, inestable o incoherente. Un líder confiable puede fallar, pero da la cara. Asume. Repara. Aprende. Y sobre todo, transmite algo clave: “Podés contar conmigo.”
En la práctica, ser confiable se construye en los detalles. Es cumplir con una reunión aunque no sea importante para uno. Es responder un mensaje cuando dijiste que lo harías. Es no hablar mal de alguien a sus espaldas. Es hacer lo correcto, incluso cuando nadie lo ve.
Y en el liderazgo, eso tiene un efecto multiplicador. Porque los equipos no siguen al que más sabe ni al que más habla. Siguen al que más confían. Si un líder es impredecible, o cambia de opinión según el viento, o promete cosas que no cumple, lo que se rompe no es solo su imagen: se rompe el vínculo. Y cuando se rompe la confianza, empieza el ruido, el control excesivo, la sospecha, la parálisis.
Por el contrario, cuando un equipo siente que su líder es confiable —que su palabra es firme, que sus decisiones son consistentes, que cumple lo que dice y que responde cuando se lo necesita— se genera una base emocional que sostiene todo lo demás.
Ser confiable no significa decir que sí a todo. A veces implica decir que no, pero hacerlo con claridad y responsabilidad. Tampoco implica ser rígido, sino coherente. Que si cambias de opinión, lo expliques. Que si algo no se puede hacer, lo digas. Que si te equivocás, lo reconozcas.
Y esto aplica también en lo personal. Las personas confiables suelen ser aquellas a las que uno recurre cuando las cosas no van bien. Son las que no juzgan de entrada. Las que te dicen la verdad cuidándote, aunque duela. Las que están cuando nadie más está. Porque no están buscando figurar, sino estar al servicio.
Las relaciones profundas —las que duran, las que transforman— se construyen sobre la confianza, y no hay confianza sin confiabilidad. Podemos tener ideas brillantes, estrategias sólidas, talento en abundancia… pero si quienes nos rodean no pueden contar con nosotros, todo eso pierde peso.
A veces me pregunto cuántos problemas organizacionales, familiares o de pareja se resolverían —o directamente no existirían— si las personas fuéramos más confiables. Si dijéramos menos y cumpliéramos más. Si escucháramos sin interrumpir. Si pidiéramos disculpas cuando hicimos daño.
La buena noticia es que nunca es tarde para empezar. La confiabilidad se construye con tiempo, sí, pero se entrena con pequeños gestos. Y cada gesto cuenta. Así como una reputación puede destruirse en un minuto, también puede reconstruirse con cada decisión que tomamos a partir de ahora.
Por eso cuando escuches a alguien decir que en los negocios no se puede ser abierto, recuerda a Buffet porque cuando la confiabilidad se vuelve parte de nuestra manera de vivir, transforma todo lo que tocamos.
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