El segundo que puede cambiarlo todo
- Gustavo Picolla

- hace 11 minutos
- 3 min de lectura

Hace algunos años descubrí algo que me resultó incómodo.
Yo creía que tomaba decisiones racionales, que respondía a las situaciones de acuerdo con lo que estaba ocurriendo, que actuaba con libertad.
Pero empecé a notar algo extraño. Frente a determinadas situaciones reaccionaba siempre igual. Si alguien cuestionaba una idea mía, me defendía. Si un proyecto no salía como esperaba, me frustraba. Si una conversación se ponía difícil, a veces evitaba el conflicto y otras atacaba. No importaba demasiado la situación, la película cambiaba pero el personaje seguía siendo el mismo.
Con el tiempo entendí que eso no me pasaba solo a mí, nos pasa a todos.
En las organizaciones también. Hay empresas donde, ante la presión, las personas se culpan unas a otras. Otras donde nadie dice lo que piensa, otras donde todos esperan que alguien venga a rescatarlos y otras donde cualquier diferencia de opinión termina en juicio, culpa o ataque. Los mercados cambian, las estrategias fracasan, los clientes se van, los plazos no se cumplen, el estrés aparece. Y cuando aparece, no mostramos quién queremos ser, mostramos quién hemos sido muchas veces.
Aparecen nuestros viejos patrones. Lo curioso es que la mayoría de los líderes intenta cambiar el comportamiento. Buscan reglas, más controles, más procesos, más reuniones. Pero rara vez se hacen una pregunta más profunda: ¿Qué patrón está produciendo este comportamiento?
Porque detrás de cada reacción automática suele haber una historia, una forma aprendida de protegernos. Un mecanismo que alguna vez nos sirvió y que hoy quizás ya no nos ayuda.
Y aquí aparece algo extraordinario. Hay un instante, muy pequeño, en el que nos damos cuenta. Estoy reaccionando, esto ya me pasó, estoy haciendo lo de siempre. Ese instante parece insignificante, pero puede cambiarlo todo.
Porque la conciencia crea elección y la elección crea transformación. Mientras actuamos en automático, repetimos el pasado. Cuando tomamos conciencia, recuperamos la libertad. Ya no somos esclavos de nuestra primera reacción. Podemos escuchar en lugar de defendernos, preguntar en lugar de juzgar, pedir ayuda en lugar de escondernos, reconocer un error en lugar de buscar culpables.
Ese pequeño espacio entre el estímulo y la respuesta es uno de los lugares más poderosos que existen. Allí nace el liderazgo. No el liderazgo de los discursos, ni el de los cargos. El liderazgo personal, el que comienza por gobernarse a uno mismo.
Y cuando una persona empieza a actuar desde ese lugar, todo cambia. Cuando un equipo entero lo hace, cambia la cultura. Las conversaciones se vuelven más honestas, los conflictos dejan de ser guerras para convertirse en oportunidades de aprendizaje, la confianza crece. La gente deja de gastar energía en defenderse y comienza a invertirla en crear. No hace falta que todos estén de acuerdo ni tampoco eliminar los conflictos.
Hace falta desarrollar la conciencia suficiente para atravesarlos sin perder la conexión. Creo que ese es uno de los grandes desafíos del liderazgo actual. No imponer confianza, no exigir compromiso, no controlar cada comportamiento. Sino crear las condiciones para que las personas se den cuenta.
Porque la transformación rara vez empieza con una gran decisión. Empieza con un instante, ese segundo en el que alguien se escucha a sí mismo y piensa: No quiero reaccionar como siempre. Y elige algo diferente.
A veces, el futuro de una persona, de un equipo o de una organización cambia exactamente ahí, en ese segundo que parece pequeño pero que puede cambiarlo todo.




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