El éxito más allá del éxito

Hay despedidas que nos conmueven por lo que termina y otras que nos invitan a mirar hacia atrás para comprender el camino recorrido. La de Lionel Messi tiene algo de ambas. Verlo emocionado, acompañado por sus hijos y recibiendo el cariño de tanta gente nos recuerda que detrás de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos hay una historia profundamente humana. Y hay una frase suya que me quedó resonando: “Me voy satisfecho por haber cumplido con ustedes”.
Messi podría haber hablado de sus récords, sus títulos o aquella Copa del Mundo que durante tantos años pareció ser una deuda que debía pagar para que finalmente los argentinos le permitiéramos ocupar el lugar que merecía. Sin embargo, eligió hablar de lo que había entregado y, tal vez sin pensarlo, nos dejó una de las enseñanzas más profundas sobre el liderazgo.
Mucho antes de convertirse en el jugador que conocemos, hubo un chico en Rosario que soñaba con jugar al fútbol. Le diagnosticaron un problema de crecimiento que requería un tratamiento costoso y, siendo todavía un niño, dejó su ciudad y sus afectos para continuar su camino en Barcelona. Detrás de aquella decisión había una familia que lo acompañaba, personas que confiaron en su talento y un sueño que le daba sentido a tanto esfuerzo. Porque los sueños tienen esa capacidad extraordinaria de movilizarnos y ayudarnos a encontrar fuerzas cuando aparecen las dificultades. Messi tenía capacidades excepcionales, pero necesitó de muchas personas para desarrollarlas, recordándonos que siempre necesitamos de los demás para alcanzar aquello que nos proponemos.
Con el reconocimiento mundial también aparecieron los cuestionamientos sobre su personalidad. Durante años escuchamos decir que Messi no era un líder, que hablaba poco, que le faltaba carácter y que no tenía la personalidad que debía tener un capitán argentino. En el fondo, lo comparábamos con la imagen que nosotros mismos habíamos construido acerca de cómo debía comportarse un líder.
Messi fue encontrando su propia manera de liderar, construida desde el ejemplo, el compromiso y su capacidad para poner el talento al servicio del equipo. Con los años comenzó a hablar más y a asumir públicamente su lugar de capitán, conservando esa forma de ser que siempre lo había caracterizado. El liderazgo se construye desde la autenticidad, cuando nuestras acciones expresan los valores que elegimos sostener y las personas encuentran razones para confiar en nosotros.
Pero hay algo en su historia que me resulta todavía más poderoso: Messi también aprendió a liderar perdiendo. Hoy vemos al campeón del mundo levantando la Copa en Qatar, pero durante muchos años la historia fue diferente. Perdió finales, recibió críticas feroces y llegó incluso a anunciar su retiro de la Selección después de una nueva derrota.
Volver significaba exponerse nuevamente a la frustración y a la posibilidad de que el resultado fuera el mismo. Messi decidió intentarlo otra vez y siguió trabajando durante años, con esa paciencia que se construye mientras hacemos todo lo que está a nuestro alcance, aunque desconozcamos cuándo llegará aquello que deseamos.
En ese recorrido hubo enojo, tristeza y frustración, emociones con las que tuvo que aprender a convivir mientras millones de personas observaban sus reacciones. Mantenerse durante más de dos décadas entre los mejores del mundo también exigió disciplina, aprendizaje permanente y la humildad necesaria para comprender que el talento, por sí solo, resulta insuficiente.
Y hay generosidad en su manera de jugar, Messi ha construido buena parte de su grandeza haciendo mejores a quienes comparten la cancha con él, recordándonos que el valor de nuestras capacidades también se expresa en las oportunidades que ayudamos a crear para otros. En las empresas ocurre algo parecido. Quienes conducimos personas debemos definir un rumbo, enfrentar dificultades y perseguir resultados, sabiendo que muchas veces las cosas saldrán de una manera diferente de la que imaginábamos.
Aquí aparece una distinción de Fred Kofman que siempre me resultó poderosa: el éxito más allá del éxito. Hay un éxito relacionado con los resultados y otro con la manera en que elegimos recorrer el camino. El primero depende también de circunstancias fuera de nuestro control; el segundo se construye con nuestras decisiones, nuestros valores y la persona que elegimos ser mientras perseguimos aquello que queremos alcanzar. Por eso encuentro tanta profundidad en aquella frase de Messi. Después de ganar prácticamente todo lo que un futbolista puede ganar, eligió definir su recorrido desde lo que había entregado.
Esta es también una hermosa manera de pensar el legado de un líder, porque algún día todos dejamos el lugar que ocupamos y seguramente importarán los resultados que hayamos conseguido, aunque también habrá otras preguntas esperando respuestas. ¿Qué clase de persona fui mientras perseguía esos resultados? ¿Cómo traté a quienes caminaron conmigo? ¿Qué hice cuando las cosas salieron mal? ¿Ayudé a otros a crecer? ¿Fui coherente con aquello que decía defender?
Messi comenzó siendo un chico que necesitó de muchas personas para realizar su sueño y terminó convirtiéndose en alguien que ayudó a tantos otros a realizar los suyos. Esa es una de las expresiones más profundas del liderazgo: transformar aquello que recibimos en algo valioso para los demás. Y cuando finalmente llega el momento de mirar hacia atrás, poder decir, con la tranquilidad de quien sabe que vivió comprometido con aquello que amaba: “Me voy satisfecho por haber cumplido con ustedes”.





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