Las emociones también trabajan

Hay días en que uno llega al trabajo sin darse cuenta de que sus emociones llegaron con él.
Entrás, saludás, prendés la computadora, mirás la agenda y empezás. Tenés una reunión a las nueve, otra a las diez, tres mensajes que contestar y un problema que resolver antes del mediodía. Todo parece estar en su lugar, pero vos no.
Quizás discutiste con alguien antes de salir de tu casa, tal vez hace tres semanas que venís trabajando bajo presión, quizás estás preocupado por algo que no tiene absolutamente nada que ver con tu trabajo o simplemente dormiste mal y tenés menos paciencia que de costumbre. Nada de eso figura en tu agenda y entra con vos a la reunión.
Entra en la forma en que escuchás, en el tono con el que contestás, en lo que interpretás de una frase, en cuánto te molesta una pregunta que otro día no te hubiera molestado, en una decisión que tomás demasiado rápido, en una conversación que decidís postergar.
Durante mucho tiempo construimos una idea bastante extraña sobre el trabajo, que ser profesional implica dejar las emociones afuera. Como si hubiera un perchero invisible en la entrada de las empresas donde uno pudiera colgar la angustia, el miedo, la bronca o la preocupación y recuperarlos ocho horas después antes de volver a casa.
No funciona así, las emociones también trabajan. El problema es que muchas veces trabajan sin que nosotros lo sepamos. Alguien hace un comentario y me enojo. Creo que me enojé por el comentario, pero quizás llevo toda la mañana sintiéndome cuestionado y ese comentario fue apenas el último empujón. Un cliente demora una respuesta y me pongo ansioso. Pienso que el problema es la demora, pero quizás lo que realmente me inquieta es lo que imagino que esa demora significa. Mi jefe me hace una observación y me pongo a la defensiva, escucho una crítica donde tal vez hubo solamente una pregunta.
Algo ocurre, sentimos algo y reaccionamos, y como sucede muy rápido, terminamos convencidos de que nuestra reacción era la única posible. Ahí, para mí, empieza la gestión emocional.
No en dejar de sentir, tampoco en controlar una emoción hasta hacerla desaparecer y mucho menos en repetirnos que tenemos que pensar en positivo cuando estamos preocupados, enojados o asustados. Empieza en poder darnos cuenta de lo que nos está pasando mientras nos está pasando, que parece poco y no lo es.
Y hay un lugar donde eso se puede ver antes que en ningún otro, en el cuerpo. Porque el cuerpo suele enterarse antes que nosotros: se acelera el corazón, cambia la respiración, se tensan los hombros aparece ese nudo conocido en el estómago, muchas veces antes de que siquiera hayamos registrado qué nos está pasando. Cada uno tiene su propia señal, y en general es siempre la misma, aunque no la tengamos identificada: hay quien aprieta la mandíbula, quien empieza a hablar más rápido, quien siente calor en la cara, quien se queda quieto de golpe. Vale la pena buscar cuál es la tuya, porque es lo más práctico que tenemos a mano, ya que no hace falta entender qué nos está pasando ni por qué, alcanza con reconocer la señal y saber que cuando aparece no es un buen momento para contestar.
Porque entre sentir bronca y contestar con bronca puede haber un margen, entre sentir miedo y evitar una conversación puede haber un margen, entre sentir ansiedad y tomar una decisión apurada puede haber un margen. A veces dura apenas unos segundos y en esos segundos aparece algo enorme: la posibilidad de elegir.
Muchas de las emociones que sentimos no las elegimos, simplemente aparecen. Lo que podemos aprender es a reconocerlas antes de que empiecen a decidir por nosotros. Esto importa especialmente cuando conducimos personas, porque las emociones de quien lidera rara vez se quedan solamente en quien lidera.
Un jefe preocupado puede transformar su preocupación en urgencia para veinte personas, uno inseguro puede convertir su inseguridad en control, uno enojado puede conseguir que durante el resto del día nadie se anime a traerle un problema. Seguramente ninguno de ellos decidió hacer eso, simplemente no vio lo que estaba haciendo su emoción.
Pero también ocurre al revés, hay personas capaces de atravesar momentos de enorme presión sin trasladar toda esa presión a quienes las rodean, y no porque no la sientan, la sienten. La diferencia es que aprendieron a distinguir entre lo que sienten y lo que hacen con eso que sienten.
De eso se trata gestionar las emociones: de ampliar, aunque sea un poco, ese margen entre lo que nos pasa y lo que hacemos con lo que nos pasa.
Porque las emociones van a seguir entrando a trabajar con nosotros, y la pregunta es quién va a tomar las decisiones cuando lleguen.





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