La realidad nunca firmó ese contrato

¿Alguna vez sentiste que hiciste todo bien y, aun así, las cosas no salieron como esperabas?
Preparaste una propuesta durante semanas, estudiaste al cliente, revisaste cada detalle y estabas convencido de que iba a aceptar, pero eligió a otro. Trabajaste durante meses detrás de un objetivo, hiciste todo lo que estaba a tu alcance y el resultado nunca llegó. O quizás estabas seguro de que después de todo lo que habías hecho esa persona iba a responder de determinada manera, y respondió exactamente al revés.
Lo que aparece entonces es frustración, bronca, impotencia. Y muchas veces creemos que esas emociones son provocadas únicamente por lo que sucedió. Sin embargo, nosotros no vivimos solamente lo que ocurre, también construimos una película sobre lo que creemos que debería ocurrir.
Esperamos que nuestro esfuerzo tenga determinada recompensa, que las personas reaccionen de cierta manera, que un negocio crezca a determinado ritmo o que nuestros planes se cumplan más o menos como los imaginamos. Y sin darnos cuenta transformamos esos deseos en una especie de contrato: como hice esto, debería pasar aquello. El problema es bastante sencillo: la realidad nunca firmó ese contrato.
Hace un tiempo escuché a Tony Robbins decir una frase que me quedó dando vueltas: “Cambia tus expectativas por agradecimiento y tu mundo cambiará.” Me pareció fantástica, aunque también me pregunté cómo se hace. Porque resulta bastante sencillo agradecer cuando las cosas salen como esperábamos. El desafío aparece frente a esa llamada que nunca llegó, el negocio que perdimos, el proyecto que salió mal o la respuesta que nos decepcionó. ¿Cómo se cambia expectativa por agradecimiento en ese momento?
Creo que entre ambas cosas hay un paso que muchas veces nos olvidamos de mirar, el aprendizaje.
Estoy convencido de que cada expectativa que no se cumple deja un aprendizaje. El problema es que muchas veces estamos demasiado ocupados lamentando el resultado como para poder verlo, y ese aprendizaje no necesariamente significa descubrir qué hicimos mal.
Quizás preparaste una propuesta excelente y el cliente eligió a otro por una razón que jamás hubieras podido controlar. ¿Qué deberías corregir entonces? Tal vez nada. El aprendizaje puede ser comprender que hacer todo bien aumenta nuestras posibilidades, pero nunca garantiza un resultado.
También puede mostrarte algo que no habías visto, que interpretaste mal una necesidad, que necesitabas prepararte mejor, que estabas poniendo demasiada energía en algo que dependía poco de vos, o que habías convertido un deseo legítimo en una exigencia hacia la realidad. En todos los casos hay información nueva.
Por eso, frente a una expectativa que se rompe, hay una pregunta que intento hacerme y que no siempre resulta cómoda: ¿Qué puedo aprender de esto que antes no veía?
La pregunta cambia el lugar desde donde observamos lo sucedido, porque aprender no significa negar lo que sentimos ni hacer de cuenta que todo está bien. Significa evitar que la frustración sea el último capítulo de la historia. Y quizás sea justamente el aprendizaje el que nos permita llegar al agradecimiento del que habla Robbins.
Porque agradecer no significa necesariamente decir: “Qué suerte que perdí ese negocio”, sería ridículo. Podemos lamentar profundamente un resultado y, tiempo después, agradecer lo que ese resultado nos permitió descubrir. Agradecer haber aprendido a prepararnos mejor, haber descubierto un error que repetíamos, haber entendido algo sobre nosotros mismos, haber encontrado otro camino, o simplemente haber comprendido que existen cosas que podemos influir, pero nunca controlar.
Ahí el agradecimiento deja de ser una frase bonita y empieza a convertirse en una manera diferente de relacionarnos con lo que nos pasa.
Cambiar expectativas por agradecimiento no consiste simplemente en agradecer aquello que ocurrió, a veces el camino es otro. Primero aceptar que la realidad no respetó nuestro libreto, después descubrir qué podemos aprender de esa diferencia, y quizás entonces aparezca algo por lo que verdaderamente podamos sentirnos agradecidos.
Podemos seguir haciendo planes, soñando y trabajando para que las cosas sucedan. Lo que quizás tengamos que dejar de hacer es confundir esos planes con promesas que la vida nos hizo. Porque la realidad nunca firmó ese contrato.





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