top of page

¿Estoy ocupándome… o estoy avanzando?


Hay un fenómeno curioso que veo cada vez más seguido: personas agotadas, rodeadas de tareas, corriendo todo el día… pero sin avanzar verdaderamente hacia ningún lugar. Personas que viven ocupadas, pero no conectadas. Atareadas, pero no orientadas. Con la agenda llena y el corazón vacío.

Y no hablo de falta de esfuerzo, si algo sobra hoy es gente que se esfuerza. Lo que falta es dirección. Falta pausa para preguntarse hacia dónde quiero ir, qué sentido tiene lo que estoy haciendo y si esta forma de trabajar me acerca a la vida que quiero construir o me aleja de ella.

Hace poco acompañé a un líder que trabajaba 14 horas diarias, todos los días. Tenía la sensación de que, si frenaba, todo se derrumbaba. Pero también sentía que, por más que lo diera todo, no veía resultados reales. Y cuando le pregunté qué había hecho ese día que lo acercara a sus objetivos más importantes, se quedó en silencio. Después me habló de reuniones, mensajes, llamados, urgencias, correos. Hizo mil cosas, pero ninguna realmente significativa.

Y lo entiendo, nos pasa a todos. Confundimos estar ocupados con estar avanzando. Confundimos movimiento con progreso. Creamos listas interminables que nos hacen sentir productivos, pero que no necesariamente nos llevan hacia donde queremos ir.

El problema es que estar ocupado es adictivo. Nos hace sentir importantes. Nos da una falsa sensación de control. Nos evita la incomodidad de detenernos a pensar quiénes somos, qué queremos y qué nos está faltando. Es más fácil responder correos que hacerse preguntas profundas. Es más sencillo llenar el día que llenarse de sentido.

Pero no todas las actividades tienen el mismo valor. Hay cosas que te sostienen y cosas que te distraen; cosas que te impulsan y cosas que te consumen; cosas que te acercan a tu propósito y cosas que solo te mantienen ocupado. Y si no distinguimos unas de otras, corremos el riesgo de vivir en un círculo que gira rápido… pero no avanza.

En todas las organizaciones donde trabajo aparece el mismo patrón: reuniones que no concluyen en nada, conversaciones urgentes pero no importantes, tareas que cualquiera podría hacer, pero que igual hacemos nosotros “para salir del paso”. Mucho ruido, poca profundidad. Mucho hacer, poco sentido.

La madurez, en la vida y en el liderazgo, aparece cuando aprendemos a elegir. Cuando entendemos que no se trata de hacer todo, sino de hacer mejor lo que realmente importa. Cuando nos animamos a decir que no, aunque duela. Cuando dejamos de perfeccionar lo irrelevante para enfocarnos en lo esencial.

Y acá surge una verdad incómoda: aquello que más cambia nuestra vida suele ser lo que más evitamos. Escribir esa propuesta que venimos postergando. Tener la conversación difícil que nos incomoda. Aprender algo nuevo que nos desafía. Enfrentar un miedo antiguo que preferimos tapar.

Lo profundo incomoda. Lo superficial entretiene.

Por eso tanta gente vive atrapada en la agenda, sin tiempo para pensar, sentir o elegir. No porque falte tiempo, sino porque falta coraje para detenerse. Falta esa honestidad brutal de mirar la propia vida sin disfraces y preguntarse: ¿qué estoy evitando? ¿Qué debería estar haciendo, pero no hago? ¿Qué decisiones estoy posponiendo por miedo, por costumbre o por comodidad?

Las personas que realmente avanzan no son las que hacen más, sino las que hacen mejor. Son las que se animan a elegir prioridades, a proteger su energía y a poner su tiempo donde de verdad importa. Son las que dejan de guiarse por urgencias ajenas para empezar a construir desde su propósito.

Lo esencial nunca está en la agenda automática. Siempre requiere conciencia. Siempre requiere pausa. Siempre requiere amor propio.

Y quizás ese sea el mayor desafío de este tiempo: dejar de correr sin sentido, para empezar a caminar con intención. Dejar de medirnos por lo ocupados que estamos para empezar a medirnos por la vida que estamos creando. Dejar de actuar por impulso para actuar por decisión.

No necesitamos más horas en el día. Necesitamos más claridad. Más propósito. Más coraje para soltar lo que suena importante, pero no transforma.

Porque al final, no se trata de hacer más. Se trata de ser más.

Y el camino hacia eso empieza con una sola pregunta:

¿Estoy ocupándome… o estoy avanzando?

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page