top of page

No fue el talento, fue la actitud

En mi época de niñez, y en mi adolescencia, lo único que me importaba era jugar al fútbol. Llegaba del colegio y lo primero que hacía era agarrar la pelota. Jugaba con los amigos del barrio, en épocas donde por la calle pasaban muy pocos autos lo que nos permitía definir los arcos. Uno entre el árbol y la pared de una vereda y el otro en diagonal en la vereda de enfrente. Con lo cual, el campo de juego eran los adoquines de la calle.

Cuando no jugaba con mis amigos, lo hacía solo en el pasillo del ph donde vivía y recuerdo que además de jugar transmitía el partido. No sólo eso, cuando no estaba jugando con la pelota lo hacía con la play station de la época, las figuritas. Tenía todos los equipos, un arco en la cabecera de la cama, esos de plástico que traían los metegoles, y el otro en los pies. En el medio y con mis manos hacía jugar el partido a las figuritas con un dado pequeño que hacía de pelota.  Como verás, el fútbol era todo. A tal punto que un día le pregunte a mi padre a qué universidad tenía que ir para ser jugador de fútbol.

De chico jugué en varios clubes, Gimnasia y Esgrima de Velez Sarfield, Social y Deportivo Unión Marchigiana y Juventud de Belgrano, donde debo reconocer el acompañamiento de mi madre para entrenar dos veces por semana.

Entonces llegó el momento de la verdad, ese donde uno da el salto para empezar su carrera como futbolista y ese salto nunca lo di. Intenté en algunos clubes como River y Ferro pero no quedaba seleccionado, solo en Atlanta el técnico me dijo que quería volver a verme, pero la semana siguiente las paperas impidieron que vuelva y no volví a hacerlo.

Ergo, no fui jugador de fútbol y durante mucho tiempo, como algún culpable tenía que haber, ese fue mi madre. Por supuesto que ella nunca lo recordaba pero yo si tenía grabada las palabras de ella cuando de Marchigiana pasaba a las divisiones inferiores de Ferro. ¡No va a ir a Ferro porque no vas a cruzar solo las vías del tren! Fue lo que me dijo. Y eso fue el hecho para que durante mucho tiempo sea la culpable de mi frustración.

Pero, eso no fue así. Con el tiempo entendí algo que hoy tengo muy claro: no fue mi madre, no fueron las circunstancias, no fue la falta de talento. Fui yo, fue mi actitud. Podría haber hecho un montón de cosas para ir por lo que me apasionaba y no lo hice. Por falta de actitud, que no es otra cosa que las creencias que uno tiene, ese monito loco con el que hablamos todo el tiempo y que habita en nuestra cabeza. ¿te suena?

Ese monito me decía: “como vas a desobedecer a tu madre, eso no hacen los niños buenos”, “para que vas a esforzarte, si no te gusta entrenar” y bla, bla, bla. En la medida que no desafiemos al monito, por lo que sea que nos diga, la actitud para lograr lo que queremos no aparecerá. Y no es que no tenemos actitud, tenemos la que el monito decide.

Según Victor Küppers, existe una fórmula para ver cuánto vale alguien como persona:


(C + H ) x A


La C son los conocimientos, la H, habilidad, la experiencia, pero la A, es la actitud. Y ¿qué es lo importante de la fórmula? Pues que la C suma, la H suma, pero la A multiplica. La diferencia entre las personas increíbles no está ni en la C ni en la H, está en la A. No son personas geniales porque sepan un montón o porque tienen mucha experiencia, sino por su manera de ser.

La actitud es esa voz silenciosa que nos acompaña todos los días. La que nos empuja a animarnos o nos convence de quedarnos quietos. La que nos invita a ir por lo que deseamos o nos da argumentos para no hacerlo.

No siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero sí podemos elegir desde dónde lo vivimos. Y esa elección, muchas veces invisible, termina definiendo nuestro camino.

En el liderazgo ocurre lo mismo. Los líderes no solo transmiten decisiones o estrategias: transmiten actitud. Transmiten cómo mirar los errores, cómo enfrentar los miedos y cómo pararse frente a los desafíos.

Cuando un líder se anima a revisar su propia actitud, habilita a otros a hacer lo mismo. Y ahí empieza algo distinto. Porque al final, liderar no es empujar a nadie hacia adelante, es mostrar, con la propia actitud, que avanzar es posible.

Y hoy sé que no fue mi madre quien me detuvo aquel día, sino la actitud con la que yo elegí escucharla.

 

 


 
 
 

Comentarios


bottom of page