La verdad sin amor también hiere
- Gustavo Picolla

- 23 feb
- 3 Min. de lectura

Es probable que en algún momento de tu vida te hayas encontrado con alguien que te dijo que era muy franco. Que dice la verdad, de frente sin vueltas. ¿te sucedió?
Podríamos pensar que está bien. De hecho, esa persona manifiesta la verdad y no como otras que la disfrazan para quedar bien y no terminan diciendo nada.
La pregunta entonces sería: ¿qué tiene de malo ser brutalmente sincero?
Si bien esa persona dice la verdad, al ser brutalmente honesto no tiene en cuenta que destruye la relación. A lo mejor, no en el momento que lo dice. Sí en el mediano plazo.
Entonces, ¿hay que disfrazar la verdad para quedar bien?
No, esto también destruye la relación.
¿Cuál es el problema?
El problema es que quien es brutalmente sincero no asume la responsabilidad por como lo toma quien recibe la verdad. En el liderazgo esto es letal y hay muchos líderes que se precian de ser brutalmente sinceros.
La verdad solo es efectiva cuando quien la recibe se siente segura.
Sostengo que la humildad y el coraje son hermanas mellizas porque cuando una de ellas no está, sucede la sinceridad brutal o la verdad disfrazada. Si alguien es humilde y le falta coraje es muy probable que no se anime a decir la verdad. Por lo tanto, la disfraza o la calla. Por otra parte, quien tiene mucho coraje y poca humildad es quien dice su verdad brutalmente porque no hay un registro del otro.
El equilibrio entre ambas es lo que hace que la verdad sea efectiva.
Desde la humildad puedo reconocer al otro, entender que puede tener una mirada diferente a la que tengo, aún cuando estoy seguro de tener razón. Desde este atributo de la personalidad indago con mayor habitualidad que dar certezas, escucho y comprendo la mirada del otro.
Como comprender no implica estar de acuerdo es que el coraje ingresa al campo de juego. Desde este atributo expreso mi mirada con franqueza sin ataque, con respeto sin intimidación, preparando la conversación no improvisando mientras ocurre.
El problema no tiene que ver con la sensibilidad, es el equilibrio.
En el liderazgo, este equilibrio es fundamental. Es la manera de demostrar amor, condición indispensable para ser un líder.
Todo líder debe entender que las personas no hablan, simulan ni se esconden porque no son honestas o no están comprometidas. Lo hacen porque tienen miedo. Miedo a ser castigadas. Miedo a que las avergüencen. Miedo a ser malinterpretadas. De eso se trata, del miedo.
Esta emoción es la que genera un líder que es brutalmente sincero y que cuando la manifiesta lo hace desde un lugar de superación, incluso con maltrato. Porque esas verdades por lo general se dicen en momentos turbulentos, en momentos donde falla la gestión emocional del líder.
Y al miedo se lo cura haciendo sentir seguridad, prestando atención a la cuenta bancaria emocional, que Stephen Covey menciona en su libro los 7 Hábitos de las Personas Altamente Efectivas. Para mí es la cuenta bancaria del amor. Porque cuando la cuenta esta en rojo la verdad no genera confianza, la destruye. Ahora, si hay crédito las personas se sienten seguras y cuando esto sucede las personas hablan, se muestran como son y no simulan.
Escuchar sin interrumpir, dar retroalimentación genuina, reconocer el esfuerzo, no solo el resultado, hablar desde el “YO” no desde el “VOS”, son algunos de los depósitos que se pueden hacer en la cuenta del amor.
En definitiva, la verdad no lastima por ser verdad. Lastima cuando se dice sin cuidado.
El desafío del liderazgo no es elegir entre callar o decirlo todo sin filtro. El verdadero desafío es animarse a decir la verdad sin romper el vínculo, sosteniendo la dignidad del otro y también la propia. Decir la verdad con humildad y coraje es un acto de amor. Amor por la relación, amor por la persona y amor por el impacto que queremos tener como líderes.
Porque cuando hay amor, la verdad construye. Y cuando no lo hay, por más sincera que sea, termina destruyendo.
Esto es liderazgo: la responsabilidad de cuidar las vidas que nos han sido otorgadas.




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