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Lo que el silencio me mostró




El fin de semana largo de marzo estuve solo en el río y parte de la montaña. Sin reuniones, sin teléfono, sin conversaciones. Solo silencio.

Al principio uno cree que el silencio es simplemente la ausencia de ruido. Pero con el paso de las horas descubre que no es tan simple. El silencio tiene algo particular: cuando aparece, empieza a mostrar cosas que normalmente el ruido tapa.

En la vida cotidiana estamos rodeados de estímulos. Opiniones, mensajes, noticias, conversaciones, decisiones urgentes. Todo ocurre tan rápido que casi no queda espacio para detenerse. Y cuando ese espacio no existe, tampoco existe la posibilidad de escucharse a uno mismo.

El silencio cambia eso. Porque cuando el ruido desaparece, algo empieza a ocurrir adentro. Aparecen pensamientos que normalmente no aparecen, preguntas que uno suele evitar, recuerdos, dudas, intuiciones.

No siempre es cómodo. El silencio no siempre trae calma, a veces trae claridad. Y la claridad puede ser incómoda, porque empieza a mostrar cosas que preferiríamos no ver. Pero también tiene algo profundamente valioso, el silencio ordena.

En algún momento de esas horas sentado mirando el río por momentos y la montaña por otros,  me di cuenta de algo simple: muchas de las preguntas importantes de la vida no se responden hablando, se responden escuchando.

Escuchando lo que aparece cuando uno deja de llenarse de ruido. Escuchando lo que uno realmente piensa cuando no está respondiendo a nadie, ni tratando de explicar nada.

Quizás por eso el silencio ha sido tan valorado a lo largo de la historia por quienes buscaban comprender mejor la vida. No porque el silencio tenga respuestas mágicas, sino porque crea el espacio donde las respuestas pueden aparecer.

Y eso me hizo pensar también en el liderazgo. Vivimos hablando de liderazgo en términos de decisiones, estrategias, resultados, ejecución. Todo eso es importante, sin duda, pero hay algo previo a todo eso. La relación que el líder tiene consigo mismo, escuchar su interior.

Un líder que no puede detenerse difícilmente pueda reflexionar. Un líder que no puede escucharse, difícilmente pueda escuchar a otros. Un líder que no encuentra espacios de silencio corre el riesgo de vivir reaccionando al ruido del entorno.

El silencio no vuelve a alguien mejor líder por sí solo. Pero crea algo indispensable: espacio. Espacio para pensar, para cuestionarse, para ver lo que en medio del ruido pasa desapercibido.

Quizás por eso, mientras miraba el río y escuchaba el viento entre los árboles, entendí algo que en la vida cotidiana suele olvidarse. El silencio no es vacío.

El silencio es el lugar donde uno vuelve a encontrarse consigo mismo. Y tal vez ese encuentro sea uno de los actos más importantes para cualquier persona…y también para cualquier líder.

Esa combinación de silencio y río me permitió, entre otras cosas, entender que la vida y nosotros somos es como el río. Algunos momentos va tranquilo, en otro se alborota, se revuelve. En su camino siempre hay piedras, algunas con tranquilidad las evita, otras las pasa por arriba, otras las salta, pero como el río la vida tiene que continuar. Cada uno sabe o descubre cuáles son las piedras en su vida, que sin dudas son las que nos detienen, las que intentan frenar el cauce de la vida. El río sabe adonde va, por eso va siempre hace un lado, no va y vuelve. Sabe que tiene que ir a confluir a otro río o tal vez al océano y eso para mía es la esencia de la vida, encontrarle el sentido. Hacia donde debe ir nuestra vida sabiendo que habrá momentos calmos, habrá tiempos turbulentos, habrá piedras complicadas, habrá piedras simples, pero siempre debemos saber a donde vamos y como hacer para que las piedras no nos detengan.

En ese fin de semana reafirme el sentido de mi vida: Facilitar, desde el amor, el desarrollo de las personas para que mejoren el mundo en el que influyen.

 

 
 
 

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