El liderazgo es un préstamo, no una propiedad
- Gustavo Picolla

- 5 abr
- 3 min de lectura

Hace un tiempo leí una frase en un artículo de Linkedin, escrito por Gay Ridge, el ex Ceo de WB 40, que no pude olvidar. Decía así:
"Nunca lo olvides, hijo, que hasta la Reina se sienta a hacer pis."
Puede sonar irreverente, incluso incómoda. Pero detrás de esa frase hay una verdad profunda sobre el liderazgo y sobre la vida misma. Porque los títulos tienen un efecto silencioso. No cambian quién sos, pero pueden cambiar quién crees que eres.
El día que alguien te nombra director, gerente, CEO o líder, algo ocurre. No afuera, adentro. Sin darte cuenta, aparece una nueva identidad. Una versión de vos mismo que empieza a sentirse distinta, más importante, más necesaria, más imprescindible.
Y ese es el momento más peligroso. No cuando asumís el rol, sino cuando empezas a creértelo, a creerte superior. Sin darte cuenta, comienzas a alejarte de quien sos.
Porque el rol no sos vos. El rol es algo que te fue confiado. Y así como llegó, un día se irá. Y cuando alguien vivió demasiado tiempo identificado con el rol, cuando el rol desaparece, aparece el vacío. Aparece la pregunta incómoda: ¿quién soy ahora que ya no soy eso?
Muchos líderes sufren en silencio ese momento. No porque hayan perdido poder, sino porque habían olvidado su humanidad.
El liderazgo no es una propiedad que adquirís, es un préstamo que las personas te otorgan. Y como todo préstamo, puede ser retirado en cualquier momento. No porque alguien lo decida formalmente, sino porque dejan de confiar. Porque dejan de abrirse, porque dejan de sentirse cuidados. Las personas no entregan su confianza al título. La entregan a la persona.
Y lo hacen cuando perciben algo profundamente humano: que no estás por encima de ellos, sino con ellos. Es que el liderazgo te da la oportunidad de demostrar cuán humano sos.
Es fácil olvidar esto. Sobre todo, cuando los resultados llegan, cuando las decisiones impactan, cuando otros esperan respuestas de vos. Es fácil confundir autoridad con superioridad, rol con identidad, respeto con distancia.
Pero la verdad es más simple y exigente. Seguís siendo la misma persona, con las mismas dudas y los mismos miedos. Con la misma responsabilidad de tratar a otros con dignidad.
El título no te convierte en líder. Solo te coloca en una posición donde otros observarán quién elegís ser. Por eso el liderazgo no se sostiene con decisiones correctas, se sostiene con comportamientos coherentes.
En cómo escuchás cuando alguien se equivoca. En cómo reaccionás cuando algo no sale como esperabas. En cómo tratás a alguien cuando no puede darte nada a cambio.
Porque ahí no habla el rol. Habla la persona. Y las personas perciben la diferencia.
He visto líderes perder a sus equipos no por malas decisiones estratégicas, sino por olvidar algo esencial: que el liderazgo no consiste en que otros trabajen para vos, sino en que vos estás ahí para cuidar el espacio donde otros trabajan.
El liderazgo es, en esencia, una responsabilidad emocional. Responsabilidad de cuidar la confianza. De cuidar la dignidad. De cuidar las vidas que, de alguna manera, han sido puestas bajo tu influencia.
Nadie te debe el liderazgo, te lo confían. Y esa confianza no se sostiene con autoridad, sino con humildad.
Humildad para recordar que el rol es temporal. Que el impacto es permanente.Y que el verdadero legado no es lo que lograste, sino cómo hiciste sentir a las personas mientras lo lograbas.
Por eso aquella frase es tan poderosa. Porque nos recuerda algo que el ego intenta hacernos olvidar:
Que el liderazgo no te eleva por encima de los demás. Te coloca al servicio de ellos.
Y cuando entiendes eso, algo cambia. Dejas de liderar desde el rol y empezas a liderar desde el amor.




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