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¿Por qué seguimos a quienes seguimos?

26 oct
4 min de lectura

Hoy recibí un podcast que hacía un análisis del libro Principios, valores y emociones del Liderazgo -un modelo de entrenamiento de líderes y sus equipos para las democracias en Latinoamérica-, el cual recomiendo no solo por el contenido sino por la seriedad y sapiencia de quienes lo escribieron.  Ese audio llevo a preguntarme: ¿Por qué hay personas a las que seguiríamos casi con los ojos cerrados, aunque no tengan ningún cargo, y otras a las que solo obedecemos, y a regañadientes, por más organigrama que las respalde?

Entonces comencé a investigar el tema analizando a distintos autores que lo abordan desde diferentes miradas y llegué a la conclusión que quizás la respuesta más simple sea que a las primeras les reconocemos autoridad moral, una forma de influencia que no se decreta ni se compra, que nadie puede proclamar de sí mismo y que solo existe cuando otros deciden concederla, y que se parece mucho más a la confianza que al poder. Hannah Arendt, en su ensayo sobre la autoridad, hacía notar que donde hay que recurrir al miedo o a la fuerza para conseguir obediencia es porque la autoridad ya se perdió.

Y si la autoridad moral nace de algo, nace primero de la coherencia, de que lo que una persona piensa, lo que dice y lo que hace vayan por el mismo carril, porque nadie confía en quien dice una cosa en la reunión y hace otra en el pasillo, ni en el líder que pide sinceridad a su equipo y después castiga a quien se la da, ni en el padre que le exige a su hijo que no mienta mientras le baja la edad para pagar menos la entrada al cine. La coherencia, sin embargo, no alcanza, porque también puede ser coherente alguien cuyos valores hacen daño, y la historia está llena de personas perfectamente consistentes con convicciones que arrasaron con otros, de modo que a la coherencia hay que sumarle un límite y un propósito, el límite de no atentar contra la vida, la libertad ni la dignidad de nadie, y el propósito de buscar un beneficio mutuo o, cuando los intereses chocan y alguien tiene que perder, un trato justo y respetuoso hacia quien pierde. Ahí se nota la diferencia entre el líder que despide con transparencia y cuidado y el que despide con desprecio, aunque el resultado económico sea el mismo.

Hay además una dimensión que solemos pasar por alto, la que tiene que ver con uno mismo. Arendt recuerda, siguiendo a Kant, que la conducta moral depende primero de la relación de una persona consigo misma, de no hacerse excepciones a su favor y de no ubicarse en una posición en la que tendría que despreciarse, y que el criterio último no es tanto el amor al prójimo ni el amor propio como el respeto de sí. Visto así, aceptar lo que nos perjudica porque no sabemos decir que no, o porque tenemos miedo, también es una forma de incoherencia, y tal vez la más silenciosa, ya que nadie la ve salvo nosotros; el propio Kant advertía que el punto flaco de la naturaleza humana está en la capacidad de mentirse, y Dostoievski, por boca de un anciano monje, decía que lo primero es no mentirse a uno mismo, porque quien se miente puede alinear perfectamente lo que piensa, dice y hace y seguir estando desalineado por dentro. Suele verse en profesionales brillantes que dicen que sí a todo, cumplen con todos y llegan a fin de año agotados y resentidos con las mismas personas a las que nunca supieron ponerles un límite, como si aquello que no se ve hacia afuera terminara cobrándose de algún modo, y quizás ahí se entienda por qué la autoestima y la integridad se parecen tanto.

En ese mismo texto Arendt señala algo que da que pensar, y es que el gran problema moral del siglo pasado no estuvo tanto en los villanos convencidos como en la gente común que se limitó a coordinarse con lo que su entorno aceptaba, y que abandonó de un día para otro las convicciones que decía tener cuando el clima cambió. Es una advertencia que sirve para cualquier organización, porque las culturas que premian el silencio producen exactamente eso, personas correctas que no se animan a decir lo que ven, y sirve también para la política, donde con frecuencia se confunde cumplir la ley con tener autoridad moral, cuando en realidad el orden legal le pide a un ciudadano que no infrinja las normas y no le pide integridad, lo cual explica que un dirigente pueda no haber cometido ningún delito y carecer, sin embargo, de la credibilidad necesaria para pedirle algo a su gente. La gente percibe enseguida cuando quien pide sacrificios se exime a sí mismo, como el dirigente que reclama austeridad a la población mientras conserva intactos sus propios privilegios, y lo que ahí se rompe no es una regla escrita sino algo mucho más difícil de recomponer.

Queda la pregunta por lo que sucede cuando fallamos, porque todos fallamos, y quizás ahí esté lo más humano de la autoridad moral, ya que no se pierde por cometer un error sino por esconderlo o justificarlo, y se conserva, incluso se fortalece, en quien lo reconoce a la vista de los demás y hace algo para repararlo. Un líder que dice "me equivoqué y esto es lo que voy a hacer para corregirlo" suele ganar más respeto del que cree perder, y lo mismo ocurre en una pareja, en una amistad o en una familia.

Tal vez la autoridad moral empiece por ahí, por poder mirar de frente a quienes se ven afectados por lo que decidimos y, sobre todo, mirarnos a nosotros mismos.

 
 
 

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