Juzgar es fácil
- Gustavo Picolla

- 14 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Juzgar es fácil. Entender, no tanto. Tal vez porque el juicio es inmediato y la comprensión requiere pausa. Juzgar nos da la ilusión de saber lo que pasa; entender, en cambio, nos exige mirar más profundo. Nos obliga a salir del lugar cómodo de la crítica para entrar en el terreno más incómodo de la empatía.
Todos lo hacemos, incluso sin darnos cuenta. Alguien actúa de una manera que no comprendemos y enseguida aparece el pensamiento rápido: “Qué exagerado”, “Qué irresponsable”, “Qué egoísta”. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué hay detrás de esa conducta. Qué historia, qué dolor, qué miedo o qué cansancio pudo haber llevado a esa reacción.
Hace un tiempo trabajé con un líder que se mostraba duro con su equipo. Su manera de corregir era siempre directa, sin rodeos, a veces con palabras que herían. El grupo lo percibía como alguien insensible, y él no entendía por qué lo evitaban. Cuando nos sentamos a conversar, apareció algo que nadie sabía: había crecido en una familia donde el afecto se demostraba a través de la exigencia. En su mente, ser exigente era una forma de cuidar. Y aunque el resultado era el contrario, su intención no era dañar. Entender eso no lo justificó, pero permitió abrir una conversación diferente. Ya no desde el juicio, sino desde la comprensión.
Detrás de cada comportamiento hay una razón, aunque no siempre sea visible. Nadie reacciona sin motivo. Lo que a veces interpretamos como frialdad puede ser miedo; lo que vemos como desinterés, tal vez sea agotamiento; lo que sentimos como ataque, puede ser una forma torpe de pedir ayuda. Entender esto cambia la manera de mirar a las personas.
El juicio cierra; la comprensión abre. El juicio separa; la comprensión une. Cuando juzgamos, ponemos distancia. Cuando comprendemos, construimos puentes. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, lo cambia todo.
No se trata de justificar cualquier comportamiento, sino de mirar con un poco más de humanidad. Hay líderes que confunden comprensión con debilidad, como si entender al otro los hiciera perder autoridad. Pero es exactamente al revés. La autoridad verdadera nace de la empatía. De la capacidad de escuchar sin reaccionar, de observar sin condenar, de acompañar sin anular.
Stephen Covey decía: “Busca primero entender, luego ser entendido”. Esa frase encierra una sabiduría profunda. Porque cuando nos tomamos el tiempo de entender, muchas veces el conflicto se desarma solo. El otro ya no necesita defenderse; siente que fue visto, no atacado. Y cuando alguien se siente visto, se abre.
En las organizaciones —y también en la vida—, los juicios son como muros invisibles. Limitan la confianza, bloquean la comunicación y erosionan los vínculos. En cambio, la comprensión genera espacio, calma y conexión. No hace falta estar de acuerdo con el otro para entenderlo; basta con reconocer que detrás de su comportamiento hay una historia.
Comprender también implica mirarnos a nosotros mismos con esa misma ternura. Porque así como juzgamos a otros, también nos juzgamos sin piedad. Nos exigimos ser perfectos, no fallar, no sentir, no dudar. Pero si pudiéramos tratarnos con la misma compasión que deseamos recibir, muchas cosas se suavizarían.
Tal vez ese sea uno de los grandes aprendizajes del liderazgo humano: pasar del juicio a la comprensión. Entender que cada persona hace lo mejor que puede con los recursos que tiene. Que a veces el otro no actúa desde la maldad, sino desde su herida. Y que cuando elegimos ver eso, nuestra mirada se vuelve más sabia, más serena y amorosa.
Al final, entender no cambia lo que pasó, pero cambia lo que sentimos respecto a ello. Nos libera del peso del enojo, del rencor o de la necesidad de tener razón. Nos recuerda que no siempre se trata de tener la respuesta correcta, sino de hacernos la pregunta adecuada: ¿qué hay detrás de esto que me molesta tanto?
Quizás comprender al otro sea una de las formas más profundas de amar. Porque amar no es aprobar todo, sino mirar con el corazón abierto incluso cuando no entendemos del todo. Y en ese acto de mirar sin juzgar, de escuchar sin interrumpir, de preguntar sin acusar, crecemos. Porque entender al otro, al final, también es una forma de entendernos a nosotros mismos.




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